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“(…)

Les sisearon reclamando silencio. Tuvieron que ocupar los asientos más próximos a la entrada. La sesión vespertina de la conferencia ya había comenzado. En la tribuna se veía una figura femenina.

-Hemos llegado a propósito. Siéntate y escucha lo que va a decir tu mujercita –susurró Pankrátov, dando un codazo a Okunev en el costado.

-… Cierto que hemos gastado muchas energías en la discusión, pero en cambio la  juventud que ha participado en ella ha aprendido mucho. Señalamos con gran satisfacción el hecho de que la derrota de los partidarios de Trotski en nuestra organización es evidente. No  pueden quejarse de que no se les ha dejado manifestar sus opiniones, exponer por completo sus puntos de vista. Ha ocurrido todo lo contrario. Esta libertad de acción, que les hemos dado, ha traído como consecuencia, por su parte, toda una serie de graves infracciones de la disciplina del Partido.

Talia se emocionaba; un mechón de cabellos caía sobre su rostro y le molestaba al hablar. Con un movimiento brusco, echó la cabeza hacia atrás.

-Hemos oído aquí a muchos camaradas de los distritos y todos ellos han hablado de los métodos utilizados por los trotskistas. Aquí, en la conferencia, tienen una representación no  pequeña. Los distritos les dieron conscientemente credenciales para que se les escuchara una vez más en la conferencia local del Partido. No es culpa nuestra si ellos intervienen poco. Su completa derrota en las células y en los distritos les ha enseñado algo. Ahora es difícil intervenir  desde esta tribuna y repetir lo que ayer mismo decían.

(…)

-El propio camarada Dubava puede servir de ejemplo evidente de cómo los trotskistas infringen la disciplina del Partido. Es un viejo trabajador de la Juventud, muchos le conocen,  particularmente los del arsenal. Dubava es estudiante de la Universidad Comunista de Járkov,  pero todos sabemos que desde hace ya tres semanas se encuentra aquí, con Shumski. ¿Qué es lo que les ha traído aquí, cuando los estudios se encuentran en todo su apogeo? No hay un solo distrito en la ciudad en el que no hayan intervenido. Verdad es que a Mijáilo, en los últimos días, ha comenzado a despejársele la cabeza. ¿Quién les ha enviado aquí? Además de ellos, tenemos numerosos trotskistas de diferentes organizaciones. Todos han trabajado aquí en un tiempo y han venido ahora para atizar el fuego de la lucha en el seno del Partido. ¿Sabe su organización del Partido dónde se encuentran? Naturalmente que no.

La conferencia esperaba de los trotskistas que intervinieran reconociendo sus errores. Talia trataba de empujarles al camino de la confesión y hablaba como si, en vez de hallarse en una tribuna, se encontrara en una charla entre camaradas.

 

(…)

En el ruido de las voces se perdieron las palabras de Talia, pero pronto se calmó la tormenta y de nuevo se oyó a Lagútina:

-Recibimos cartas de nuestros camaradas de la periferia; están con nosotros, y esto nos anima. Permitidme que os lea un párrafo de una de las cartas. Es de Olga Yúrienieva; muchos de vosotros la conocéis; ahora es la dirigente de la sección de organización del Comité comarcal de la Juventud.

Talia sacó la carta de un paquete de documentos y, recorriéndola de una rápida mirada, leyó:

-“El trabajó práctico está abandonado; hace ya cuatro días que todo el buró está en los distritos. Los trotskistas han desarrollado la lucha con extraordinaria fuerza. Ayer ocurrió un caso que ha indignado a toda la organización. Los oposicionistas, al no obtener mayoría en ninguna de las células de la ciudad, decidieron dar la batalla con sus fuerzas unidas en la célula del Comisariado Militar de la comarca, de la que forman parte los comunistas de la oficina del Plan del Estado y los trabajadores de Instrucción Pública. La célula cuenta con cuarenta y dos  personas, pero allí acudieron todos los trotskistas. Nunca habíamos escuchado discursos tan contrarios al Partido como los pronunciados en esa reunión. Uno de los del Comisariado Militar  intervino y dijo con todo descaro: “Si el aparato del Partido no se entrega, lo romperemos por la fuerza.” Los oposicionistas recibieron con aplausos esta manifestación. Entonces tomó la  palabra Korchaguin y dijo: “¿Cómo siendo miembros del Partido habéis podido aplaudir a este fascista?” No le dejaron continuar hablando, hacían ruido con las sillas, gritaban. Los miembros de la célula, indignados por este comportamiento propio de golfos, exigieron que se escuchara a Korchaguin, pero cuando Pável comenzó a hablar, de nuevo organizaron la obstrucción. Pável les gritó: “¡Buena es vuestra democracia! ¡De todas maneras hablaré! Entonces le agarraron entre unos cuantos y trataron de echarle de la tribuna. Fue algo salvaje. Pável les rechazaba y continuaba hablando, pero le sacaron a rastras del escenario y, abriendo la puerta lateral, lo tiraron a la escalera. Un canalla le dio un golpe que le bañó la cara  en sangre. Casi toda la célula se retiró de la reunión. Este caso ha abierto los ojos a muchos. . .

Talia abandonó la tribuna.

(…)

Tufta subió de un salto a la tribuna. En la sala recibieron su aparición con un murmullo desaprobador y una breve explosión de risa. Tufta se volvió hacia la presidencia para manifestar  su protesta contra aquella acogida, pero en la sala ya se había hecho el silencio.

-Alguien me ha llamado aquí meteorólogo. ¡Así, camaradas de la mayoría, os burláis de mis concepciones políticas! -dijo de un resuello.

Una carcajada unánime siguió a sus palabras. Tufta, indignado, volvió la cabeza hacia la  presidencia, señalando a la sala.

-Por mucho que os riáis, volveré a decir que la juventud es el barómetro. Lenin lo ha escrito varias veces.

En la sala todos se callaron al instante.

-¿Qué ha escrito? -preguntó una voz.

Tufta se animó.

-Cuando se preparaba la insurrección de Octubre, Lenin daba la directiva de reunir a la  juventud obrera decidida, armarla y lanzarla con los marinos a los sectores más peligrosos, ¿Queréis que lo lea? Tengo todas las citas escritas en fichas. -Y Tufta comenzó registrar en su cartera.

-¡Eso ya lo sabemos!

-¿Y qué escribía Lenin sobre la unidad?

-¿Y qué sobre la disciplina del Partido?

-¿Dónde Lenin oponía la juventud a la vieja guardia?

Tufta perdió el hilo y pasó a otro tema.

-Aquí Lagútina ha leído una carta de Yúrienieva. Nosotros podemos responder de ciertas anormalidades en la discusión.

Tsvetáev, que estaba sentado al lado de Shumski, susurró rabioso:

-¡Manda a un tonto por lana y saldrá trasquilado!

Shumski respondió, también con un hilillo de voz:

-Sí, este papanatas nos va a hundir definitivamente.

La voz aguda y chillona de Tufta continuaba perforando los tímpanos:

-Si vosotros habéis organizado la fracción de la mayoría, también nosotros tenemos derecho a organizar la fracción de la minoría. En la sala estalló la tormenta.

Tufta fue aturdido por una granizada de exclamaciones de indignación.

-¿Qué es eso? ¿De nuevo bolcheviques y mencheviques?

-¡El Partido Comunista no es un parlamento!

-¡Ellos se esmeran por todos, desde Miásnikov hasta Mártov!

Tufta abrió los brazos, como sí fuera a lanzarse a nadar, y comenzó a disparar palabras, desbocado:

-Sí, es necesaria la libertad de grupos. De lo contrario, ¿cómo los que pensamos diferentemente podremos luchar por nuestras concepciones con una mayoría tan organizada y unida por la disciplina?

El rumor en la sala iba en aumento. Pankrátov se levantó y gritó:

-¡Dejad que se manifieste, es útil conocerlo todo! ¡A Tufta se le escapa lo que los otros callan!

(…)

Dubava pidió la palabra, que le fue concedida inmediatamente. Cuando subió a la escena, en la sala se hizo un silencio expectante. Este silencio, habitual antes de los discursos, hizo sentir a Dubava el frío del aislamiento. Ya no tenía el ardor  con que había intervenido en las células. Un día tras otro se iba apagando su fuego, y ahora, como una hoguera rociada con agua, se cubría de humo acre, humo que era su orgullo mórbido afectado por la franca derrota y la réplica severa de sus viejos camaradas. A ello había que añadir la terquedad de no querer reconocerse equivocado. Decidió barrerlo todo, aunque sabía que esto le apartaría aún más de la mayoría. Y con voz sorda, pero clara, comenzó a hablar:

-Ruego que no se me interrumpa y que no se me hostigue con réplicas. Quiero exponer  completamente nuestra posición, aunque sé, de antemano, que es inútil: sois la mayoría.

Cuando terminó, pareció como si en la sala hubiera estallado una granada. Sobre Dubava se desplomó un huracán de gritos. Como los golpes de una fusta en el rostro, flagelaron a Dmitri las exclamaciones coléricas:

-¡Es una vergüenza!

-¡Abajo los escisionistas!

-¡Basta! ¡Basta de verter lodo!

Una carcajada burlona acompañó a Dmitri cuando bajó de la escena, y esta carcajada le  partió el alma. Si hubieran gritado indignadamente, con furia, se habría sentido satisfecho. Pero sé burlaban de él como de un artista que, queriendo dar una nota alta, suelta un gallo.

-Shumski tiene la palabra -dijo el presidente.

Mijáilo se levantó.

-Renuncio a intervenir.

Desde las filas traseras retumbó la voz de Pankrátov:

-¡Pido la palabra!

(…)

Ignat interrumpió la rápida carrera de sus pensamientos. El cargador comenzaba su discurso.

-¡Camaradas! -dijo Pankrátov, pronunciando firmemente esta palabra; se subió a la tribuna y se situó junto a las candilejas-. ¡Camaradas! Durante nueve días hemos estado escuchando las intervenciones de los oposicionistas. ¡Digo abiertamente que no han intervenido como compañeros de idea, como combatientes por la revolución, como nuestros amigos de clase y de lucha! Sus intervenciones han sido profundamente hostiles, irreconciliables, malvadas y calumniosas. ¡Sí, camaradas, calumniosas! A nosotros, los bolcheviques, han intentado presentarnos como partidarios del régimen de disciplina del palo en el Partido, como gente que traiciona los intereses de su clase y de la revolución. Han tratado de hacer pasar por  representantes del burocratismo en el Partido a los hombres del mejor y más probado de sus destacamentos, a la gloriosa vieja  guardia bolchevique, a aquellos que forjaron y educaron al Partido Comunista de Rusia, a aquellos a los que el despotismo zarista atormentaba en las cárceles, a aquellos que, con el camarada Lenin a la cabeza, lucharon implacablemente contra el menchevismo mundial y contra Trotski. ¿Quién, no siendo un enemigo, podría decir semejantes cosas? ¿Acaso el Partido y su aparato no son un todo único? ¿A qué se parece esto?, decid. ¿Cómo llamaríamos a quienes azuzasen a los jóvenes soldados rojos contra los jefes, los comisarios y el Estado Mayor, cuando el destacamento estuviera rodeado de enemigos? ¡Si hoy soy cerrajero, según la opinión de los trotskistas aún puedo considerarme “decente”, pero si mañana llego a secretario de un comité, ya soy un “burócrata” y “uno del aparato”! ¿No os parece extraño, camaradas, que entre los oposicionistas, que luchan por la democracia, contra el burocratismo, haya, por ejemplo, personas como Tufta, destituido hace poco de su cargo por   burócrata; como Tsvetáev, bien conocido por los de Solómenka por su “democracia”, o como Afanásiev, al que el Comité provincial ha destituido de puestos de dirección tres veces por su autocracia y despotismo en el radio de Podol? Es un hecho que en la lucha contra el Partido se han unido todos aquellos a quienes el Partido ha fustigado. Que hablen los viejos bolcheviques del “bolchevismo” de Trotski. Es necesario que la Juventud conozca la historia de la lucha de Trotski contra los bolcheviques, su continuo ir y venir de un campo a otro. La lucha contra la oposición ha aglutinado nuestras filas, ha fortalecido ideológicamente a la juventud. El Partido bolchevique y la Juventud Comunista se han templado en la lucha contra las tendencias  pequeño-burguesas. Los histéricos alarmistas de la oposición nos auguran una catástrofe económica y política completa. Nuestro mañana demostrará el valor del augurio. Exigen que enviemos a nuestros viejos, como por ejemplo a Tókariev, a trabajar en una máquina y que coloquemos en su sitio a un barómetro estropeado como Dubava, que quiere hacer pasar por  heroísmo la lucha contra el Partido. No camaradas, no lo consentiremos. Los viejos serán relevados, pero no por aquellos que a la menor dificultad atacan rabiosamente la línea del Partido. ¡No permitiremos que se rompa la unidad de nuestro gran Partido! ¡Nunca se escindirán la vieja guardia y la joven! ¡En lucha irreconciliable contra las tendencias pequeño-burguesas, bajo la bandera de Lenin, obtendremos la victoria!

Pankrátov bajó de la tribuna. Sus palabras provocaron una tempestad de aplausos.

(…)”

 

 

Asi  Se Templo El Acero – Nikolai Ostrovski

 

 

 

 

 

 

Antikapitalistak-Gorripidea  troskistak NATOren asmo inperialistak sostengatzen

Bikila troskista (Antikapitalistak eta AHT gelditu-ko kide) inperialismo mendebaldarraren morroi faxisten lagun

Sabino Kuadra, troskista eta Amaiur koalizio burgesaren parlamentari , PP alderdi faxista instituzionalaren burgesa espainolista batekin jarrera adiskidetsuan

Gil de san Vicente troskista, atzo ”socializacion del sufrimiento”ren  defendatzaile, gaur otegistek beren plataforma burgesetik baztertuta, EzkerretikBilduz-en antzera. Badago bere adreilu erre-ezinak argitaratzen dituen blog anti-komunisten bat.

EzkerretikBilduz : Batasuna-ren sorreraren ondoren (socialismo identitario) eta bere barnetik marxista-leninistak egotzi ondoren (Kimetz), ENAMen zuzendaritzaren ildo politikoa gazte abertzaleei sozialista iraultzailea zela engainatzen ibili diren EHK-ko troskistak eta EAE-ANV-ko sozialdemokratak sortutako plataforma; otegistek burgesia euskaltzalea aldera ekartzen saiatzearen ondorioz aitzinean “ezkertiarrak” iruditeko  erabilitako sasi-gorriak botatzearen ondorioz sortutakoa.

 

 

 

 

 

 

 

“ En el curso de los años treinta, Trotski se convirtió en el mayor experto mundial del anticomunismo. Sus ambiciones desmesuradas por dirigir al Partido bolchevique y al Estado soviético a partir de sus concepciones individuales y mencheviques, le habían llevado al fracaso más absoluto. Rencoroso y vengativo, se lanzó, después de su destierro de la Unión Soviética, a un combate ciego contra todas las decisiones y proyectos del partido bolchevique y de su principal dirigente, Stalin. Como conocía perfectamente a los medios dirigentes bolcheviques y con algunos mantenía vínculos clandestinos, Trotski llegó a ser el propagandista anticomunista más hábil y eficaz de esa época. En el curso de los años 1935-40, por sus rabiosas maniobras antibolcheviques, hizo el juego a los peores enemigos del socialismo, es decir, al nazismo alemán y al imperialismo americano.

 (…)

 Trotski presenta aquí una de las primeras versiones de un tema esencial -que después fue la base de la agitación de la CIA y de los fascistas en el curso de los años cincuenta-, el del «fascismo rojo». Utilizando la palabra «fascismo», Trotski intentaba darle la vuelta al odio que sentían las masas por la dictadura terrorista del gran capital, para dirigirla contra el socialismo. Después de 1944-45, todos los jefes nazis alemanes, húngaros, croatas y ucranianos que se «pasaron» a Occidente, se colocaron la máscara «democrática», y llenaron de elogios a la «democracia» americana, la nueva potencia hegemónica, el soporte principal de todas las fuerzas retrógradas y fascistas del mundo. Estos «antiguos» fascistas, fieles a su pasado criminal, han desarrollado el tema: «el bolchevismo, es el fascismo pero en peor». Notemos también que es en el momento en que el fascismo se había lanzado ya a la guerra (guerra de Etiopía y de España, anexión de Austria y Checoslovaquia), cuando Trotski afirmaba que el ¡<<el espectáculo más horroroso y odioso» sobre la tierra es «la agonía del socialismo»!

 (…)

 Trotski afirma que hay un conflicto entre el poder «estalinista» y la administración del Estado, y él apoya a esta última. De hecho, la oposición entre poder y administración que él evoca, es la oposición entre Partido bolchevique y la burocracia del Estado. Como todos los anticomunistas del mundo, Trotski coloca al Partido comunista la etiqueta insultante de «burocracia». Cuando el verdadero peligro de la burocratización del régimen se encontraba en las fracciones administrativas que no tienen nada que ver con el ideal comunista, que buscan siempre desembarazarse del control político e ideológico «sofocante» del Partido para poder emplazarse por encima de la sociedad y adquirir privilegios y ventajas de todo género.

El control político del Partido sobre la administración militar y civil tiene como principal objetivo combatir esas tendencias degenerativas de la burocratización. Mientras Trotski declara textualmente que para asegurar una buena administración del país, es necesario desembarazarse del Partido, se está convirtiendo en el portavoz de las peores tendencias burocratizadoras en el seno del aparato.

 (…)

 Esta cita nos dé un buen ejemplo de esta duplicidad. En 1932-33 Trotski dijo que uno de los «crímenes principales» de los estalinistas alemanes fue el haber rechazado el frente con los socialdemócratas contra el fascismo. Ahora bien, en 1932, la socialdemocracia defendía con uñas y dientes al régimen capitalista y rechazó todas las propuestas de unidad anticapitalista avanzadas por el Partido comunista alemán. Pero, estamos ahora en 1940 y la Segunda Guerra mundial ya había comenzado desde hacía 8 meses. Y en este momento preciso, el gran especialista del «frente unido», Trotski, propone al Ejército Rojo ¡iniciar una insurrección contra el régimen bolchevique! Escribiendo en una Carta abierta dirigida a los trabajadores soviéticos: «El objetivo de la IV Internacional es el de regenerar a la URSS purgándola de su burocratismo parasitario. Esto sólo puede ser hecho que de una sola forma: por los obreros, los campesinos, los soldados del Ejército Rojo y los marinos de la Flota roja que deben sublevarse contra la nueva casta de opresores y parásitos. Para preparar este levantamiento de masas, es necesario un nuevo partido, la IV Internacional» (mayo 1940, Trotski: La lucha, p.301-303).

 En el momento en que Hitler preparaba ya sus planes de guerra contra la URSS, el provocador Trotski llama al Ejército Rojo a sublevarse y dar un golpe de Estado. ¡Un acontecimiento similar habría creado un desorden tan monstruoso que hubiese abierto el país entero a los fascistas!”

 

 

 Otra mirada sobre Stalin – Ludo Martens

 

 

 

 

 

El trotskismo al servicio de la CIA contra los países socialistas – Ludo Martens

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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